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 Los molinos fueron los responsables de dar de comer a muchas generaciones hasta hace menos de un siglo.  El  gofio, harina de maíz tostado, fue base de la alimentación de los canarios y era en ellos donde se producía.  En Gran Canaria existían dos tipos de molino: los de viento y los de agua.

Los molinos de agua, con mayor presencia en la cuenca sur de la isla,  aprovechaban  el agua que desde las cumbres caía por los barrancos y mediante acequias la llevaban hasta el molino para utilizarla como fuerza motora. Quedan algunos restos de estos molinos en el Barranco de Tirajana pero destaca el Molino de Cazorla, en Fataga, que ha sido declarado Bien de Interés Cultural.

Los molinos de viento, que  utilizaban este último para mover el mecanismo de molienda, funcionaron en Gran Canaria hasta aproximadamente los años 60. La introducción de motores en el mecanismo  acabó con estos gigantes que se nutrían de los vientos isleños. El barrio de El Albercón, en La Aldea, es muestra de su importancia pasada. 

 

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